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2 de marzo de 2011

Estalló el Lechuzagate

Colombia atraviesa en estos momentos por una etapa de verdadera conmoción. En esta ocasión el ánimo y la atención de los colombianos no se han visto arrebatados por una fulgurante operación contra las FARC ni por un brutal ataque de algunos de los cárteles de las drogas, y ni tan siquiera por la previsible boda entre los protagonistas del culebrón del momento. Nada de eso. Esta vez, el drama incluye actores con los que nadie contaba: un futbolista y una lechuza fallecida en tragicómicas circunstancias.

La situación, absolutamente bizarra, es más o menos la siguiente: el pasado domingo, durante un encuentro de fútbol que disputaban el Junior de Barranquilla y Deportivo Pereira, una lechuza apareció tendida sobre el terreno de juego. En un lance del partido el jugador del equipo visitante Luis Moreno, nacido en la vecina Panamá, decidió darle una patada al aturdido animal. Moreno hizo lo que hizo por inercia, casi como un acto reflejo, en plan “apartemos esta cosa con plumas que no es Cristiano Ronaldo y que siga el juego”.

El futbolista no podía imaginar que con ello estaba generando una noticia que se extendería por todo el planeta a la velocidad del rayo. Y menos aún podía pensar que en cuestión de horas se convertiría en un personaje odiado por defensores de animales, gentes con la sensibilidad a flor de piel y niños de todo el mundo.


El villano. Luis Moreno en el momento en que patea a la lechuza.

Para más inri, la lechuza en cuestión era la mascota-amuleto del equipo local, que ahora deberá decidir si busca una lechuza de reemplazo o si aprovecha la ocasión para elegir un animal más resistente y menos entrometido -una tortuga sería una buena opción ya que además tiene el plus de la longevidad-, o directamente opta por algún objeto inanimado como lo puede ser una piedra de origen volcánico, que a fin de cuentas ha sido a lo largo de los siglos un valor seguro para el ser humano a la hora de escoger objetos que no sirven absolutamente para nada pero que ayudan al autoengaño.

Moreno, además de haberse equivocado en patear al animal, tuvo la mala suerte de que su acción fuera captada por las cámaras de televisión. A partir de ahí, el periodismo chisporroteante, internet y la atávica sed de linchamiento del hombre pusieron a este futbolista negro de apellido Moreno en el blanco de la ira de millones de personas (y no exagero) de todo el mundo.

Desde la consagración del Pulpo Paul como figura mediática y pitoniso de éxito en el pasado mundial de Sudáfrica, la intervención (en este caso involuntaria) de ningún animal en asuntos futbolísticos había tenido semejante repercusión. (El Atlético de Madrid lo ha intentado repetidamente con la inclusión de Ujfalusi como titular, pero el checo ha sido incapaz de generar empatía en la gente, ni tan siquiera entre los más forofos hinchas colchoneros).

Los medios de comunicación de medio mundo, cada vez más obsesionados por las tonterías e inmunes a la vergüenza, hicieron el resto. El lechuzagate estalló y se convirtió en un asunto de Estado.

Al concluir el encuentro Moreno tuvo que pedir perdón a la lechuza (¡¿?!) y a la afición local. Los canales de televisión enviaron reporteros a hacer un seguimiento del estado de salud del ave. Hicieron guardia frente a la clínica veterinaria a la que fue trasladada y entrevistaron a los médicos veterinarios que la atendieron.

Como si se tratase de un guiño del destino y de la diosa Fortuna a la tierra en que esto sucedió, el lechuzagate contó con la clásica estructura de las telenovelas que fascinan a la gente de este país. Primero fue el hecho principal: la patada de Moreno, el chico malo y extranjero, al pobre animal, la lechuza, que ocupa el rol de fémina ultrajada. Seguidamente, el villano sale a pedir perdón al tiempo que la chica (la lechuza) parece estar ya fuera de peligro.

Esto lleva a todos a pensar en una posible reconciliación y en el ulterior perdón a Moreno, que había mostrado un sentido arrepentimiento. Pero en menos de 24 horas y luego de que el veterinario jefe (la figura paternal) asegurara que el animal no sufría fracturas ni hemorragias internas, el drama, que parecía conjurado definitivamente, se rehace y se desencadena de manera brutal: la lechuza muere de forma repentina.

La vuelta de tuerca del guión es efectiva: las lágrimas, el dolor y las proclamas de venganza atronan y se expanden por todo el orbe. Los gritos de "¡Asesino, asesino!" y las exigencias de pena de cárcel para Moreno se multiplican y el deportista, que ya saboreaba el perdón, ahora pasa a ser casi tan odiado como Bin Laden.

El giro argumental es perfecto por lo dramático e inesperado, y porque deja también muchas preguntas en el aire. El misterio domina la situación y deja el terreno abonado a todo tipo de teorías conspirativas: ¿Cómo es posible que la buena de la lechuza haya muerto si los veterinarios habían dicho que estaba fuera de peligro? ¿Hubo mala praxis en la clínica? ¿Sabía demasiado la lechuza sobre asuntos turbios que nadie debía saber? ¿Alguien decidió guardarse las espaldas y finiquitar al pajarraco para asegurarse que éste no cantara? ¿O fue la celosa y vengativa cuñada de Moreno la que urdió semejante trama para impedir que el ahora villano se casara con su hermanastra y no con ella, como le había prometido años atrás cuando aún no se había convertido en futbolista profesional?

Son muchas las preguntas que surgen y permanecen de momento sin respuestas. Los investigadores no descartan ninguna hipótesis. Todo es posible. Sólo el tiempo y la pericia de veterinarios y forenses podrá desentrañar cómo se produjo la muerte de la lechuza. Tal vez alguna confesión repentina o una futura filtración de wikileaks puedan arrojar luz sobre tanta oscuridad. Puede incluso que el lechuzagate , al igual que otros grandes misterios de la humanidad como ¿Quién construyó las pirámides de Egipto? y ¿Dónde está Wally?, quede sin resolver. El único consuelo que queda es pensar que a estas horas la lechuza debe estar departiendo y mirando fóbal en el cielo junto al Pulpo Paul.

A continuación dos vídeos im-per-di-bles (sobre todo el segundo, en el que el veterinario agradece "todo el apoyo que nos ha brindado la comunidad científica nacional e internacional") de la televisión colombiana siguiendo este asunto. Aunque pueda parecer lo contrario, no son vídeos de programas de humor ni de una parodia sino que son cortes sacados de informativos de las cadenas de televisión más importantes.

Y por último, unos segundos de Kent Brockman, sin dudas la mayor influencia de muchos a la hora de hacer periodismo.








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19 de noviembre de 2010

Los informativos como nuevo formato estrella de la telebasura

La coherencia es un concepto recargado de connotaciones positivas. Prácticamente a diario todos nos llenamos la boca reclamando, exigiendo (siempre a los demás, rara vez a uno mismo) coherencia. Pero lo cierto es que, paradójicamente, la coherencia es más bien escasa en casi todos los niveles de la sociedad.

Ahí tenemos a los políticos que cuando están en la oposición demandan unas cosas y cuando ocupan cargos de poder hacen lo contrario; o ciertos periodistas que antes defendían la profesión, se autodenominaban guardianes de la ética y les buscaban constantemente las cosquillas a los poderosos y hoy se han convertido en meros propagandistas y tontos útiles de quienes manejan el cotarro, todo a cambio de un sueldo más elevado, de un cargo rimbombante o un espacio en la tele o en la radio. También están, clásicos entre los clásicos, quienes edifican ante los amigos una imagen casi idílica de luchadores contra el sistema, de contrarios a la sociedad de consumo y al capitalismo y que luego ante la primera posibilidad favorable mandan al carajo esas consideraciones y se muestran capaces de vender a la madre y traicionar a quien haga falta con tal de aprovechar la primera posibilidad que se presente. Aquello que refleja muy bien el refrán de “donde dije digo, digo Diego”.

El ser coherentes es, sin duda, algo difícil de lograr. Es algo excepcional. De ahí que en este contexto casi siempre la coherencia se vea como algo favorable. Aunque no en todos los casos ser coherentes es bueno. Tenemos, por ejemplo, la programación del canal español Telecinco, que supone una muestra incontestable de coherencia: ofrecen basura en todos los horarios y en todos los formatos. Las series de producción propia, sus muchos y maratónicos talk shows y realities con sus correspondientes “debates”, ejemplifican las variadas formas que la mierda puede adoptar en la televisión. Y sus informativos, como no podían ser de otra manera, siguen la misma línea. Será cuestión de no resentir la imagen corporativa de la empresa.

Sangre, violencia, alarmismo social e informaciones ya no absurdas sino directamente estúpidas conforman los contenidos de los espacios dedicados a las noticias en uno de los canales de más audiencia del país y el que más dinero facturó el último año.


David Cantero. De solvente presentador cuando estaba en La 1, a
nuevo
capocomico de Informativos Telecinco.

Como breve pero suficiente muestra, tres “noticias” que encadenaron de manera sucesiva en la edición de hoy al mediodía: La historia de Nieves, una anciana de 84 años que con su música encantó a sus compañeros de residencia (¡¿?!) y que, según la cronista que realizó el reportaje, “hasta estaría dispuesta a grabar un disco”. Continuaron con la muy relevante historia de una yegua que pasa las tardes en el zoo de Polonia en el que vive, pintando cuadros con los pinceles que su cuidadora le pone en la boca (¡¡¡¿?!!!). Y seguidamente, mostraron una pieza en la que se hablaba de la evolución que ha experimentado el juguete Mr. Potato (¡¡¡¡¡¡¡¿?!!!!!!!) a lo largo de 50 años.

Por si fuera poco tener que soportar tantas estupideces hay que añadir la función que cumplen los presentadores, que con sus tonos de voz, las diferentes inflexiones, entonaciones, mohínes, ademanes y palabras que utilizan dan la sensación de haber padecido recientemente una lobotomía o de no haber superado nunca los 15 años. En lugar de parecerse a los clásicos y solventes presentadores de noticias a los que nos hemos acostumbrados durante mucho tiempo, ahora los conductores se asemejan cada vez más a unos animadores de cruceros por el Caribe en temporada baja, a unos payasos sin gracia que se esfuerzan por parecer graciosos.

Todo esto no hace más que evidenciar de qué manera conciben el periodismo en Telecinco y, sobre todo, qué es lo que realmente piensan de su público y su nivel intelectual. Claro que esta situación ni es novedosa ni exclusiva de los noticieros de Telecinco. Antena 3 y laSexta Noticias se esfuerzan tanto o más por hacer que sus espacios informativos se conviertan en auténticos noticieros de lo insólito. La lucha es dura y pareja. Tanto que no sorprendería que uno de estos días, luego de informar sobre la última medida anunciada por el presidente de Gobierno y de dar los datos sobre la crisis económica, alguno de estos presentadores se largue con aquello de “iban un español, un alemán y un inglés en un avión, cuando uno de ellos...”.


Kent Brockman, nuevo paradigma de los presentadores de noticieros.

Ser gracioso o no ser, esa es la nueva máxima del periodismo televisivo. El rigor, la coherencia, el tino, el sentido y la esencia de la profesión parecen ya no contar.

Es tan lamentable el nivel (por suerte quedan los informativos de La 1, CNN+ y TV3) que hace que uno mire con envidia a Kent Brockman y al noticiero que presenta en Los Simpsons. Por increíble que parezca.


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