25 de enero de 2011

Fragmentos de un día de invierno



De acuerdo con un estudio realizado por la agencia Barlovento Comunicación, el consumo televisivo en España creció “de manera significativa” en 2010, alcanzando un nuevo récord. Según este estudio el consumo de televisión fue de 234 minutos por persona y día. Es decir que, en promedio, cada habitante del territorio español estuvo durante el año pasado casi 4 horas delante de la tele cada día.

La explicación a este marcado aumento en el visionado no se debe a que durante 2010 la, en general, pésima programación televisiva haya dado un vuelco espectacular mejorando de manera notable los contenidos. Nada de eso. Dicen los analistas que, también esto, es consecuencia directa de la crisis económica que paraliza a España. Con los índices de desempleo por las nubes (más de cuatro millones de parados), cada vez son más las personas que al no tener trabajo, lógicamente, disponen de más tiempo libre, tiempo que en buena parte lo pasan delante de la pantalla de TV.

Desde hace varios meses, yo también formo parte de ese grupo de personas sin trabajo. Tengo, por tanto, mucho tiempo libre pero lo cierto es que, aparte de Los Simpsons, el fútbol y algo de los informativos, no le dedico demasiadas horas a la pantalla de televisión. Aunque debo reconocer que desde la semana pasada sí que estoy pasando más tiempo frente a la tele. Y es que en la 2 de Televisión Española, de lunes a jueves de 21 a 22, ofrecen los documentales de la BBC de la serie Planeta Tierra (Planet Earth), una auténtica maravilla. Imágenes obtenidas gracias a los más recientes avances de las tecnologías ópticas y que subyugan por su belleza, esquemas narrativos y montajes que ya quisiera para sí más de una película de Hollywood, más la locución de sir David Attenborough, hacen de esta serie de documentales algo imperdible.

A esto me dedico de 9 a 10 de la noche. Una hora en la que no atiendo el teléfono ni hago llamadas, no pongo nada en el fuego y ni siquiera consulto Internet. Ya sé que suena a pose pero es la verdad. Y eso que yo, salvo los dedicados a los grandes felinos y a los tiburones, nunca he sido un gran consumidor de documentales de la naturaleza.



Los documentales de Planeta Tierra (está la película, que no la vi) tienen también un alcance que excede incluso el ámbito para el que fueron pensados. Y es que además de instruir y embelesar con sus imágenes son capaces de inducir al espectador a la introspección, de sumirlo en una suerte de letargo meditativo y cuasi filosófico. Al menos algo de eso es lo que me ha venido pasando estos días en los que el frío arremete por toda España y salir de la cama se vuelve un duro desafío.

La otra noche, por ejemplo, mientras escuchaba atentamente las narraciones de sir Attenborough, un fragmento en el que éste hablaba de “las formas de vida capaces de sobrevivir aún ante la casi total carencia de agua” me hizo pensar de inmediato en mis plantas (por herencia), las cuales, a pesar del semiabandono al que las tengo sometidas en el balcón, se las apañan de alguna manera para seguir existiendo. Seguramente estoy siendo testigo -y causante- de la mutación de varias especies que, forzadas a sobrevivir, están alterando su normal desarrollo. Es posible que en unos años los de la BBC glosen en futuros documentales la transformación experimentada por mis plantas y su impacto en la botánica, y yo aquí sin enterarme.

Medito entonces sobre esto y me pregunto si no va siendo hora de echar un poco de agua dentro de esas macetas. Pienso, pienso, pienso y lo sigo pensando. Todavía lo sigo pensando....

...También recuerdo cómo, asombrado, el locutor explicaba luego que “contra lo que se pudiera pensar, incluso ante la falta de la indispensable luz solar, hay especies animales que viven en la más absoluta oscuridad”. Al día siguiente, arrebujado en la cama, rememoro esa frase y pienso entonces en mí mismo. Me siento identificado y por un momento creo que el señor de acento británico de la tele hizo ese comentario con segundas y me lanzó un dardo a la frente. Tocado en mi orgullo, aparto a un lado de forma vehemente el triple manto sábana+colcha+edredón que me cubre, me semiincorporo y digo en voz alta: “¡Te vas a enterar, maldito inglés!”.

Lo tengo todo pensado y bien definido: en esos momentos estoy dispuesto a dar un salto acrobático para salir de la cama, correr a la cocina y prepararme un desayuno de campeones para seguidamente sentarme delante de la computadora y, taza de humeante café negro en mano, sumergirme en un frenesí de búsqueda de trabajo y envíos online de currículums.

Armo todo ese plan -que incluye sesión de gimnasio y una hora de trote por el río a la hora de la siesta- en unos pocos segundos. Convencido de la viabilidad del mismo y espoleado por las ganas de acallar a ese maldito inglés cuyas palabras envenenadas siguen repiqueteando en mi cabeza, repaso mentalmente el plan una vez más. Lo hago en nada, me toma apenas unas fracciones de segundo. Tiempo suficiente para que, con la misma vehemencia empleada poco antes, decida agarrar el triple manto sábana+colcha+edredón, volver a taparme y adoptar la posición de bicho bolita para seguir tumbado, que para eso tengo un colchón de puta madre.

Por la rendija de la ventana de mi habitación que da a la calle se cuela todavía un haz de luz. Pienso nuevamente en las palabras de Attenborough que tanto me habían soliviantado antes y me autoconvenzo de que, a fin de cuentas, no soy nadie para contradecir a todo un sir. Y mientras sigo remoloneando en la cama a la espera de que se oculte el sol, me pregunto qué cosas nuevas aprenderé en el documental que proyectan esta noche. Es decir, dentro de un rato


P.D. 1: No, no todos mis días son así. Hay parecidos razonables, pero no se trata de una rutina fija. Ya estoy más activo, retomando cosas. Y sí, estoy enviando CV y escribiendo a conocidos y a algunos contactos que me han pasado, a ver si surge algo. Además, la serie documental de la BBC es limitada, se termina en estos días. Cuando ello ocurra tal vez la introspección la encuentre mirando el techo del comedor de casa.

P.D.2: Esta noche, sin falta, riego las plantas. No quiero tener que aguantar después a los documentalistas de la BBC hurgando en mi balcón.
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26 de noviembre de 2010

A vueltas con los Informativos: de "Caso abierto" a la prensa kirchnerista

En el variado universo de las series policiales, Caso abierto (Cold case) seguramente no será de los primeros nombres que se piensen a la hora de elaborar las listas de las producciones más populares ni de las mejor valoradas. Difícilmente alguna vez se la vaya a considerar una serie de culto como The Wire o The Shield. A diferencias de éstas, fue concebida para llegar al gran público. No por nada está producida por Jerry Bruckheimer. Pero a pesar de ello, es una buena serie, por encima de la media, original dentro de lo que cabe, con un buen elenco y, sobre todo, con un punto de partida que siempre es el mismo pero que permite que todo sea siempre diferente: cada capítulo aborda un caso policial que en su momento fue cerrado por falta de pruebas y que, por diferentes circunstancias, el equipo de Homicidios de la policía Filadelfia se dispone a reabrirlos hasta resolverlos.


Protagonistas de la serie Caso abierto (Cold Case).

Esta premisa tan sencilla permite volver a la época en la que sucedieron los crímenes, ofreciendo pinceladas del contexto sociocultural y político de los años en que se centran las historias y su contraste con la actualidad, además de las recreaciones históricas en lo que hace a escenografía y vestuario (los constantes flashbacks al pasado que se intercalan con la investigación policial en el presente son el sello característico de la estructura narrativa de la serie).

La discriminación de la mujer a mediados del siglo pasado, la segregación y el racismo contra los negros, la guerra de Vietnam o la más reciente de Irak, dramas familiares, la irrupción del hippismo en la sociedad norteamericana y muchísimos temas más han ido apareciendo en los capítulos de esta serie a lo largo de sus siete temporadas (la CBS ya ha anunciado que la serie ha sido cancelada). Y en el capítulo que enganché ayer en la tele, titulado Informativos (Breaking news, temporada 6) , abordaron justamente el mismo tema tratado en el post anterior de este blog: la idiotización de los informativos de televisión, el creciente proceso de transformación de los espacios antes dedicado a contar las noticias en simples y burdos contenedores en los que lo verdaderamente noticioso aparece disimulado entre reportajes “de color”, propaganda política e informaciones insólitas.

En el mencionado capítulo, que contaba el asesinato de Jane Everett, una presentadora de informativos que estaba a punto de dar a conocer un reportaje de denuncia, hubo referencias directas a la superficialidad de cierto periodismo, a lo que ocurre cuando la ética profesional se ve desplazada por los intereses económicos y a cómo algunos periodistas encuentran justificaciones de todo tipo para defender sus intereses y mezquindades.

Si bien la historia estaba situada en la Filadelfia de 1988, el diagnóstico que se hacía de los informativos de entonces bien podría aplicarse a los de la actualidad. En una escena, luego de ver a su hija presentando un reportaje que en realidad no era más que publicidad encubierta de unos de los principales auspiciantes del canal de televisión, la madre le recrimina a Jane, otrora fervorosa e idealista estudiante de periodismo, que se prestase a disfrazarse de leopardo para realizar ese tipo de coberturas. Y al mismo tiempo se queja de la superficialidad del noticiero. Indignada, la madre dice con tono irritado: “¡Es que no entiendo por qué han dejado de ser informativos!”, a lo que la hija, avergonzada y a la defensiva le responde con las mismas palabras que perfectamente podrían salir de la boca de Pedro Piqueras, actual director de los nefastos informativos de Telecinco: “¡¿Cuántas veces tengo que decirte que así es como funciona el negocio ahora?!”.

En otro momento del capítulo, cuando estaba siendo interrogado por los policías sobre las circunstancias del asesinato ocurrido dos décadas atrás, el que fuera entonces jefe de redacción del informativo explicaba de la siguiente forma el por qué de la deriva del espacio que dirigía hacia el infoentretenimiento: “Entonces se consideraba noticia todo lo que subiera la audiencia. A más audiencia, más beneficios; y a más beneficios, mejores vacaciones para todos”.

Pero lo más contundente estuvo en el cara a cara que la reportera, instantes antes de ser asesinada, tuvo con su jefe y ex compañero de facultad, quien le hace ver que no emitirán el reportaje de denuncia contra el principal patrocinador de la cadena. Con evidente amargura y decepción la reportera le echa en cara a su colega que “fuiste tú el que me enseñó todo sobre la ética periodística...todas aquellas lecciones que nos dabas en la época de la universidad...”. Y el otro, con un cinismo muy en boga actualmente, le responde que “los informativos ya no son lo que eran, a ver si te enteras. Sólo importan los índices de audiencia”.

Ya ni los periodistas parecen entender
en qué consiste el periodismo

Es verdad. Los informativos ya no son lo que eran. Y el periodismo ya no es comprendido ni valorado correctamente ni siquiera por muchos periodistas que viven notables confusiones, algunos por erróneos enfoques ideológicos y otros por descarado oportunismo.

En una entrevista que le realizaran recientemente, el director de Télam (agencia estatal argentina de noticias) Martín García, insinuó que prefiere contar con militantes políticos antes que con periodistas. Militantes oficialistas, obviamente. Sin dudas todo un canto a la imparcialidad. Y luego se sorprenden si algunos no queremos creer en la propaganda gubernamental (mal) disfrazada de información que difunde la amplia red de radios, blogs, canales de televisión, diarios y periodistas adscritos al kirchnerismo.

Por si fuera poco García no tuvo empacho en calificar de la siguiente manera a los periodistas: “Los profesionales son como las prostitutas, escriben mentiras en defensa de los intereses de los que les pagan”. No se sabe bien si se trató de un mea culpa, de una explicación de cómo funciona en Argentina la prensa oficialista o si sólo se trató de una crítica a los periodistas no sumisos a la maquinaria kirchnerista.


Alta estima. Para Martín García, director de Télam,
los periodistas son como las prostitutas.

En cualquier caso no deja de ser curioso que algo así lo diga un hombre que trabajó ayer para Menem, Duhalde, Cafiero y Rodríguez Saá, hoy trabaja para el kirchnerismo, y mañana quien sabe para quién trabajará. Seguramente, al igual que las prostitutas, lo hará para quien le pague, muy en la línea de los “militantes” de quita y pon que tanto se llevan en el periodismo argentino de hoy día.


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19 de noviembre de 2010

Los informativos como nuevo formato estrella de la telebasura

La coherencia es un concepto recargado de connotaciones positivas. Prácticamente a diario todos nos llenamos la boca reclamando, exigiendo (siempre a los demás, rara vez a uno mismo) coherencia. Pero lo cierto es que, paradójicamente, la coherencia es más bien escasa en casi todos los niveles de la sociedad.

Ahí tenemos a los políticos que cuando están en la oposición demandan unas cosas y cuando ocupan cargos de poder hacen lo contrario; o ciertos periodistas que antes defendían la profesión, se autodenominaban guardianes de la ética y les buscaban constantemente las cosquillas a los poderosos y hoy se han convertido en meros propagandistas y tontos útiles de quienes manejan el cotarro, todo a cambio de un sueldo más elevado, de un cargo rimbombante o un espacio en la tele o en la radio. También están, clásicos entre los clásicos, quienes edifican ante los amigos una imagen casi idílica de luchadores contra el sistema, de contrarios a la sociedad de consumo y al capitalismo y que luego ante la primera posibilidad favorable mandan al carajo esas consideraciones y se muestran capaces de vender a la madre y traicionar a quien haga falta con tal de aprovechar la primera posibilidad que se presente. Aquello que refleja muy bien el refrán de “donde dije digo, digo Diego”.

El ser coherentes es, sin duda, algo difícil de lograr. Es algo excepcional. De ahí que en este contexto casi siempre la coherencia se vea como algo favorable. Aunque no en todos los casos ser coherentes es bueno. Tenemos, por ejemplo, la programación del canal español Telecinco, que supone una muestra incontestable de coherencia: ofrecen basura en todos los horarios y en todos los formatos. Las series de producción propia, sus muchos y maratónicos talk shows y realities con sus correspondientes “debates”, ejemplifican las variadas formas que la mierda puede adoptar en la televisión. Y sus informativos, como no podían ser de otra manera, siguen la misma línea. Será cuestión de no resentir la imagen corporativa de la empresa.

Sangre, violencia, alarmismo social e informaciones ya no absurdas sino directamente estúpidas conforman los contenidos de los espacios dedicados a las noticias en uno de los canales de más audiencia del país y el que más dinero facturó el último año.


David Cantero. De solvente presentador cuando estaba en La 1, a
nuevo
capocomico de Informativos Telecinco.

Como breve pero suficiente muestra, tres “noticias” que encadenaron de manera sucesiva en la edición de hoy al mediodía: La historia de Nieves, una anciana de 84 años que con su música encantó a sus compañeros de residencia (¡¿?!) y que, según la cronista que realizó el reportaje, “hasta estaría dispuesta a grabar un disco”. Continuaron con la muy relevante historia de una yegua que pasa las tardes en el zoo de Polonia en el que vive, pintando cuadros con los pinceles que su cuidadora le pone en la boca (¡¡¡¿?!!!). Y seguidamente, mostraron una pieza en la que se hablaba de la evolución que ha experimentado el juguete Mr. Potato (¡¡¡¡¡¡¡¿?!!!!!!!) a lo largo de 50 años.

Por si fuera poco tener que soportar tantas estupideces hay que añadir la función que cumplen los presentadores, que con sus tonos de voz, las diferentes inflexiones, entonaciones, mohínes, ademanes y palabras que utilizan dan la sensación de haber padecido recientemente una lobotomía o de no haber superado nunca los 15 años. En lugar de parecerse a los clásicos y solventes presentadores de noticias a los que nos hemos acostumbrados durante mucho tiempo, ahora los conductores se asemejan cada vez más a unos animadores de cruceros por el Caribe en temporada baja, a unos payasos sin gracia que se esfuerzan por parecer graciosos.

Todo esto no hace más que evidenciar de qué manera conciben el periodismo en Telecinco y, sobre todo, qué es lo que realmente piensan de su público y su nivel intelectual. Claro que esta situación ni es novedosa ni exclusiva de los noticieros de Telecinco. Antena 3 y laSexta Noticias se esfuerzan tanto o más por hacer que sus espacios informativos se conviertan en auténticos noticieros de lo insólito. La lucha es dura y pareja. Tanto que no sorprendería que uno de estos días, luego de informar sobre la última medida anunciada por el presidente de Gobierno y de dar los datos sobre la crisis económica, alguno de estos presentadores se largue con aquello de “iban un español, un alemán y un inglés en un avión, cuando uno de ellos...”.


Kent Brockman, nuevo paradigma de los presentadores de noticieros.

Ser gracioso o no ser, esa es la nueva máxima del periodismo televisivo. El rigor, la coherencia, el tino, el sentido y la esencia de la profesión parecen ya no contar.

Es tan lamentable el nivel (por suerte quedan los informativos de La 1, CNN+ y TV3) que hace que uno mire con envidia a Kent Brockman y al noticiero que presenta en Los Simpsons. Por increíble que parezca.


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12 de noviembre de 2010

Dot, una nueva genialidad de Aardman Animations

Los del estudio británico de animación Aardman tienen un más que acreditado y merecido prestigio. Son unos verdaderos genios de la animación en stop-motion, principalmente con muñecos de plastilina, pero no sólo. Basta con decir que son los creadores de las aventuras de Wallace & Gromit (varios cortos y un largometraje), Chicken run, Flushed away (Ratónpolis) y Shaun the sheep, entre muchos otros trabajos con los que han ganado toda clase de premios, incluidos BAFTA, Globos de Oro y Oscar.

Los de Aardman Animations han vuelto a sorprender, ahora con un corto brevísimo, de menos de dos minutos, y que no está hecho con figuras de plastilina. El corto se llama Dot y está considerada como la animación stop-motion con los personajes más pequeños del mundo. (Dot, la chica protagonista, mide 9 milímetros. Los cientos de "muñecas" que se utilizaron para el rodaje fueron fabricadas en resina a partir de técnicas de impresión en 3D)

Todo nació debido a un encargo que el gigante de la telefonía Nokia realizara a los de Aardman. Los finlandeses les pidieron una creación que sirviera para promocionar las ventajas de su modelo N8 Cellscope. Se trata de un teléfono móvil que incluye una videocámara de 12 megapíxeles a la cual se le puede añadir un dispositivo que, básicamente, permite que el conjunto funcione como un microscopio con una cámara incorporada, lo cual puede resultar de una enorme utilidad para la realización de diagnosis médicas a distancia. En países o zonas mal comunicadas, con escasez de profesionales o de insumos médicos, un diagnóstico a distancia puede ser clave para salvar vidas. El cellscope permite, por ejemplo, que un médico pueda recibir las imágenes de una muestra de sangre y comprobar si el paciente sufre o no malaria.

Así las cosas, los de Aardman tuvieron una nueva excusa para estrujarse el cerebro y regalarnos una nueva genialidad.

Debajo pueden ver dos videos: el corto propiamente dicho y el making of (si le dan al botón CC, que aparece en las opciones debajo de la panatalla, podrán elegir subtítulos en distintos idiomas, castellano incluido.) De todas maneras, si no pueden activar los subtítulos y no entienden inglés (o los jodidos acentos de los condenados que aparecen en pantalla) no importa, véanlo igual, que se harán una idea de lo que fue todo el proceso y de la genialidad de estos tipos. ´

(Por cierto, quienes sintonicen TV3 de Catalunya, pueden ver Shaun the sheep de lunes a viernes en distintos horarios. Lo más sencillo es engancharlo por las tardes, poco antes de las 19hs).






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2 de noviembre de 2010

Los imperfeccionistas


Debo confesar que tenía mis dudas, bastantes, sobre “Los imperfeccionistas”, la primera novela del inglés Tom Rachman, publicada este verano en España. El que toda la historia se centrara en la redacción de un periódico y en la vida de varios personajes me resultaba, de entrada, innegablemente atractiva. Cuando tuve el libro entre mis manos por primera vez hace unos meses en una librería, las buenas vibraciones aumentaron. La portada resultó ser sencilla y sugerente: muestra la fotografía de un fardo de diarios atados con hilo de algodón y el título del libro y el nombre del autor aparecen impresos en relieve, lo cual hace que, inevitablemente, pases las manos sobre ellos una y otra vez como si fueras un ciego leyendo en braille.

Entonces comprobé que el breve texto de la solapa también cumplía su objetivo: tenía gancho, generaba expectativa. Mediante trazos generales, ofrecía una muestra de la variada fauna de personajes que pueblan la novela y sus circunstancias. Pero el hecho de que llegara acompañada de tantos elogios de la prensa anglosajona, que ha puesto el debut de Rachman por las nubes, me cortaba un poco el entusiasmo. Ya me pasó otras veces con algunos libros (me acuerdo, sobre todo, de “Absurdistán”) que los vendían como la repanocha y luego apenas si resultaban ser historias que pasaban por un uno sin dejar poso alguno, cuando no insatisfacción por no cumplir con lo insinuado.

Así anduve este tiempo, pensando en si debía comprarlo o no. Para quien alguna vez se ha dedicado al periodismo o a algo parecido, las historias referidas a este mundillo siempre tienen un interés añadido. Al final, vencí al cocodrilo y lo compré. Y desde luego que no me arrepiento de haberlo hecho. Hace mucho que no tenía esa hermosa sensación de estar tan enganchado con un libro, con no querer dejarlo, con leer hasta que te arden los ojos dejando pasar despreocupadamente las horas. Me lo terminé en dos días, aunque tranquilamente podría haberlo hecho en uno.

El libro está muy bien estructurado. El autor presenta en capítulos independientes pero que están entrelazados o conectados de alguna manera, la historia de distintos personajes del periódico a lo largo de cincuenta años: las narraciones transcurren desde el momento de la fundación del diario en la Roma de mediados del siglo pasado, al mundo más actual en el que Internet se presenta como la gran amenaza para la prensa tradicional.

Aunque diferente, recuerda en mucho a “Noticia bomba”, de Evelyn Waugh, uno de los clásicos de la literatura ambientada en el mundo del perdiodismo. Pero vale la pena destacar que así como para disfrutar de “El corazón de las tinieblas” (Joseph Conrad) no hace falta adentrarse previamente en las profundidades de la selva del Congo belga, tampoco es necesario estar ligado al mundo del periodismo para disfrutar de “Los imperfeccionistas”.

Se trata de un libro divertido en cierta forma, irónico y con algunas reflexiones más profundas de lo que se pueda pensar en un principio por el tono general del relato. Y si bien es verdad que las carcajadas no faltan, la sensación mayor que embargará al lector será la de melancolía. Por el devenir del periódico, por esa sensación creciente e inevitable de final del juego que se intuye y se va acelerando a medida que pasan las páginas y, sobre todo, por las vidas de cada uno de los personajes que Rachman nos muestra. Justamente en esto, en la creación de personajes tan particulares y tan bien definidos, el autor muestra tener un talento remarcable. En ningún momento lo que ofrece son caricaturas, por más patéticos que nos puedan resultar algunos de sus personajes.

Rachamn consigue generar un fuerte empatía en el lector; consigue que comprendamos a los personajes y sus circunstancias. Al final, uno no puede evitar tomar partido, decidir si tal o cual protagonista le cae bien, mal o regular. De manera inevitable uno termina sintiendo lástima, condescendencia o pena, cuando no plena identificación, por los personajes que desfilan delante de nuestros ojos.

Mientras va contando las distintas historias, a través de sus personajes Rachman va lanzando algunas observaciones sobre la prensa y la vida en general. Como en esa parte en la que habla del veterano corresponsal del periódico en París, caído en desgracia, del que dice que “conoce bien su oficio: todo se expresa en términos de posibilidades, propuestas, globos lanzados al aire. Todas las fuentes inventadas desean «permanecer en el anonimato» o son «altos cargos próximos a...»”.

O cuando se refiere, de pasada, a una chica de vida disoluta que “era capaz de acostarse con cualquier borracho de la calle y con la mayoría de ellos ya lo había hecho”. O cuando describe esa escena, tan común en cualquier bar, en la que recuerda que “cuando la chica rosada y rechoncha llama con la mano al camarero, éste no la ve; cuando la de busto lleno le hace una señal con la cabeza, acude como un rayo”.

O bien las que se incluyen en el relato de Arthur Gopal, el apático redactor de necrológicas que confiesa que “yo nunca tuve vocación de periodista. Yo sólo quería un sillón cómodo”. El mismo cuya mesa de trabajo, nos cuenta el narrador, “estaba antes junto al dispensador de agua fría, pero los jefes se cansaron de tener que charlar con él cada vez que tenían sed” y por ello lo terminaron desplazando a un rincón junto al armario de los bolígrafos.

Sobre el final, Rachman se permite una definición bastante acertada de lo que es un periódico: “ese informe diario de la estupidez y la brillantez de la especie”. No hay más que ver cualquier diario (en papel o en digital) para comprobar que esto es así. Aunque lamentablemente cada vez se le da más espacio a las estupideces que cometemos los humanos en lugar de resaltar las brillanteces.

En definitiva, que el libro bien vale los 17 euros que cuesta. No es mucho para un libro que uno sabe que lo va a guardar y al que volverá una y otra vez.

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30 de septiembre de 2010

Roma, sí pero no (y viceversa)


Vista de la Piazza Navona, uno de los principales atractivos de Roma.

Por más ganas que le haya puesto, Roma sigue sin parecerme una ciudad fascinante, cautivadora. Ni siquiera estoy seguro de que me guste, en el sentido que pueden gustarte esas ciudades a las que uno sueña con volver, ciudades que uno admira bien por su urbanismo, sus edificios y sus parques o por sus gentes, su aire cosmopolita, su gastronomía o su historia.

Y si es por urbanismo, edificios, gastronomía, parques e historia, Roma tiene todas las papeletas para, de forma inmediata, provocar un flechazo en quienes la visiten. Pero a mí, ni por esas. Tal vez el error, si es que puede hablarse de error, radique en la idea de inmediatez, en esperar de Roma un amor a primera vista como, por ejemplo, es inevitable que te ocurra con París, Viena, Madrid o Río de Janeiro.

Hay ciudades que al igual que ciertos escritores demandan varias visitas, varias relecturas para poder pillarles el tranquillo y encontrarles el gusto. Mi tío Pildi, que de viajes sabe un rato, dice que Roma te empieza a gustar a partir de la tercera visita, cuando uno ya puede ir descubriendo cosas por su cuenta y ya se ha sacado de encima esos recorridos obligatorios que las grandes capitales exigen. Es decir, cuando uno puede moverse sin las urgencias del turista que lo quiere ver todo en poco tiempo.

A finales de agosto último hice mi segunda visita a Roma, dos años exactos después de haberla recorrido por primera vez. No creo que vaya a hacer una tercera visita. No está en mis planes al menos, pero ya sabemos que no debemos decir “de esta agua no he de beber”.

Si bien la ciudad no me disgusta (tampoco se trata de hacerse el diferente porque sí, en plan imbécil contracorriente) sigo sin poder quedar prendado de ella. Cuestión de piel. O para ser más preciso, de suciedad y de un llamativo abandono. Aunque esta vez la noté un poco mejor que la primera vez, con algunas aceras renovadas y fachadas de edificios restaurados, me sigue resultando chocante la dejadez, e incluso la decrepitud, que exuda la ciudad casi por todos sus rincones. La capital del país que más turistas recibe en todo el mundo, una urbe que cada año es visitada por 16 millones de personas, debe necesariamente ofrecer otra imagen.

Ciudades como Praga, Lisboa o Budapest también tienen una marcada impronta decadente, nostalgiosa de un esplendor pasado que, sin embargo, las dotan de un carácter especial y constituyen parte de su atractivo. La decadencia romana en cambio, al menos en mi opinión, es únicamente desfavorable. Aceras en mal estado, edificios cubiertos de hollín, fachadas descascaradas aunque en los bajos se ubiquen tiendas exclusivas de moda, calles llenas de basura, papeles y charcas de agua (lo de Campo dei Fiori a mediodía es un espectáculo lamentable que se repite cada día), componen actualmente cualquier estampa romana típica. No es precisamente lo que uno visualiza cuando piensa en una ciudad de gran belleza o atractivo.

Pero, con todo, Roma ofrece opciones que sirven para compensar esa mala impresión. En mi caso, lo cual no es nada raro, esas compensaciones vienen por el lado del estómago y del hígado, con el paladar como filtro principal. Gastronomía y bebida para apreciar una ciudad. Los museos y otros bienes culturales pueden esperar a futuras visitas.

Pizza, birra y pasta

El mejor recuerdo que me quedó de primera visita a Roma no fue la Fontana di Trevi ni el Coliseo sino Pizza e birra, un pequeño local de comida casera ubicado a pocos metros de Campo dei Fiori. En realidad así se llamaba antes. Ahora han cambiado de nombre pero el dueño sigue siendo el mismo.

Allí, en 2008, con mi hermano Bruno comimos las mejores pizzas que probamos en Roma y el último día, unos tortellini en salsa de tomate con crema de leche, calabacín y tomates cherry que estaban de muerte. Este año, con el Flaco, repetimos. Yo hice primeramente una visita por mi cuenta y repetí esos tortellini. Al día siguiente fuimos juntos y pedimos pizza y una lasagna que estuvo a punto de provocarnos lágrimas de emoción. Sublime. Una cosa de no creer. Todo acompañado de cerveza Peroni.

Ese es otro de los puntos a favor de esta ciudad, o de este país en general. La cerveza es bastante buena, aunque en España considero que la calidad es superior. Además, la diferencia principal es que en España casi en todas partes es posible tomar cerveza de barril, sin embargo en Roma no es demasiado normal que ofrezcan birra alla spina.

La cerveza Peroni y la Moretti son las mejores (la Nastro Azzurro es muy suavecita, casi para señoritas), especialmente la Peroni Gran Riserva. De etiquetado elegantísimo, su sabor es muy similar a la catalana Voll-Damm doble malta, aunque un poco más suave.


Peroni Gran Riserva, una opción ineludible a la hora
de catar cervezas italianas.


La Enoteca del Corso, un hermoso hallazgo

Relacionado a las cervezas está el que ha sido para mí el gran descubrimiento romano de esta ocasión. Una noche con el Flaco, luego de calzarnos a eso de las 2 de la mañana unas porciones de pizza al taglio en uno de esos garitos abiertos hasta altas horas y en el que, según las fotos colgadas de sus paredes, también suele abrevar Daniele De Rossi, futbolista de la Roma y de la selección nacional, dimos con el local soñado: la Enoteca del Corso (Corso Vittorio Emanuele, 295).

Como su nombre lo indica es una vinoteca. Se trata de un local bien arregladito, bastante apañado y bonito, nada que ver con lo que se puede esperar uno de un negocio que expende alcohol y que sigue abierto incluso cuando los bares cierran.

Nomás entrar, a mano izquierda, hay una pequeña barra y unos poco taburetes de diseño moderno. Detrás de la barra se encuentra el dueño del negocio. De aspecto serio y formal, y ese día llevando un polo elegante, el hombre tenía un poco el aspecto de esas personas que se toman muy en serio lo que hacen, con un evidente punto de solemnidad. Como si en realidad fuera un monje o un alquimista.

En el local la cosa funcionaba más o menos de la siguiente forma: uno se acercaba a las neveras llenas de una importante variedad de cervezas locales y de importación, escogía las que quería y las llevaba a la barra. Allí, nuestro hombre procedía a servirlas en vasos. Pero no lo hacía de cualquier manera, sino con la atención y los modales más exquisitos.

Nada de volcar la cerveza de manera alocada y rápida. No. Nuestro hombre, casi con un punto de amaneramiento, servía la cerveza con suavidad, cuidando que no levantara excesiva espuma, inclinando el vaso y la botella con delicadeza. La mirada siempre fija y atenta a lo que ocurría entre sus manos, nada de distracciones, ni siquiera una conversación. La charleta la daba antes o después pero nunca durante el proceso de servir la cerveza.

Como muestra de su celo profesional y del amor que innegablemente este hombre siente por la cerveza, dos situaciones que lo retratan fielmente. Un chico entró a comprar varias botellas de cervezas y decidió servirse por su cuenta una de ellas en un vaso, para acelerar el trámite. Cuando terminó, se dejó un poco de líquido en la botella, menos de un centímetro. El dueño de la Enoteca le hizo ver que estaba desperdiciando bebida y lo conminó a que volcara todo el contenido.

Luego, otro chico acercó otra botella y al sentir su temperatura y comprobar que no estaba lo suficientemente fría, el barman le indicó que mejor buscara otra “porque esta botella está caliente”. Ahí sentí algo parecido a una epifanía.

A menos que se sea ecuatoriano, a quienes disfrutamos de la cerveza nos disgusta enormemente cuando nos la dan caliente. Y no son pocos los bares, restaurantes y kioskos en los que no cuidan la temperatura de las bebidas y te las dan de cualquier manera. Lo que les importa, en última instancia, es vender. Y al cliente que le den.

Pero nuestro héroe de la Enoteca del Corso nos salió intransigente en esas cuestiones. Se preocupa más él que los propios clientes por la calidad y las condiciones de la cerveza. Así da gusto. Si eso no es amor, no sé que es. De mayor, quiero ser como este hombre. Ya que no pude ser futbolista ni estrella de rock, creo que no estaría mal abrir una sucursal de la Enoteca del Corso.

¿El mejor café del mundo?

Por último, y aquí sí debo darle la razón en asuntos romanos a Enric González, hay que mencionar la cafetería Sant’Eustachio Il Caffè (http://www.santeustachioilcaffe.it/).

Cuenta Enric en su libro “Historias de Roma” que el café que se prepara en este lugar está considerado por muchos especialistas como “el mejor café del mundo”. Yo no soy una autoridad en la materia así que no dispongo de elementos para suscribir o rechazar semejante afirmación, pero lo único que puedo decir es que el café que preparan en ese lugar está buenísimo, lo mismo que la bollería que sirven.


El Cafe Sant’Eustachio donde, dicen, preparan el mejor café del mundo.

Como señala Enric en el libro, en el local tuestan cada día sus propios granos de café y las enormes máquinas de café espresso, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las cafeterías, están dispuestas de espaldas al público, de manera que los clientes no puedan ver la elaboración y no logren desentrañar el secreto. Vamos, algo así como lo de la fórmula de la Coca-Cola pero aplicado al café.

El cappuccino es sencillamente espectacular, ideal para iniciar la mañana. Y el gran caffé, que Enric define como “un sensacionalmente cremoso café doble”, resultó ser eso, sensacionalmente cremoso y sin ese punto de acidez que el café espresso suele tener. Lógico que se guarden el secreto de su preparación: de vivir en Roma lo más natural es que visitar el Sant’Eustachio se vuelva no sólo un hábito sino que se convierta en un vicio, y de los buenos.

Así sale el cappuccino en Sant’Eustachio. "Sensacionalmente cremoso".


No hay dos sin tres, reza el dicho. En 2008 eché una moneda a la Fontana di Trevi, lo cual según la tradición asegura el regreso a la ciudad. En 2010 se cumplió y volví, y nuevamente lancé una moneda, otra vez contra mi voluntad. Si la tradición sigue infalible, me tocará volver. Y seguro que, como mínimo, visitaré la modesta casa de comidas de Campo dei Fiori, me pasaré por el Sant’Eustachio y, desde luego, visitaré a mi héroe de la Enoteca del Corso.

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6 de septiembre de 2010

Rentrée con un poco de humor

En España el mes de septiembre significa el final de las vacaciones, la vuelta al cole y al trabajo, tanto para los que tienen un empleo como para los que no. Y es que la vida licenciosa que se lleva y se pondera en los meses de estío a partir de septiembre ya empieza a estar mal vista, incluso en los desempleados.

Septiembre es también el mes en el que, año tras año, los telediarios insisten en realizar reportajes sobre el síndrome post vocacional, típico problema que se autogeneran las sociedades que tiene el estómago lleno. Es un mes dado a la melancolía y a la añoranza por esa sensación de fin de fiesta que supone.

La rentrée, inevitablemente, se hace con un nudo en la garganta: falta todo un año para las próximas vacaciones. Ya no puede uno pasar los días en chanclas y con una lata de cerveza en la mano desde las 10 de la mañana. Ahora toca volver a la actividad más o menos normal. Y para que la vuelta a la rutina sea lo más leve posible siempre viene bien echar mano del humor, además de las competiciones deportivas televisadas. Humor + deportes son, al menos para mí, una combinación mucho más efectiva que un container de ansiolíticos y antidepresivos.

Debajo va una breve selección de clips realmente brillantes. Ninguno constituye novedad alguna, pero es probable que muchos no los hayan visto. Y quienes sí lo han hecho, seguro que no resistirán la tentación de verlos nuevamente.

Peter Capusotto y sus videos- Bar “Acá sí que no se coge”
Programa de humor argentino caracterizado por la ironía, las parodias y la crítica feroz sobre todo y todos. Este breve clip recuerda todo el “glamour” que rodea a la militancia comunista y a lo poco que se puede ligar cuando se insiste en debatir y hablar de marxismo y bolcheviques. A estas alturas, todo español sabe ya la acepción que el término “coger” tiene en Argentina.

Frase destacada: “...todo en una atmósfera pseudoprogresista bien alejada de cualquier indicio de sensualidad”.




Peter Capusotto y sus videos- “El idiota que le canta a la chica”
Sencillamente, desternillante. Uno de los números más logrados del show. ¡Que levante la mano el hombre que no hizo alguna vez uno de estos patéticos numeritos!

Frase destacada: "¡Ya está! Es el escalón final en el ascenso al Olimpo de la pelotudez".




Vaya Semanita
El boom de la cocina creativa se ha caracterizado no sólo por los grandes cambios en la presentación de los platos sino que también ha ido acompañado de una transformación radical del lenguaje utilizado para describir las creaciones culinarias, a punto tal que una simple ensalada hoy es descrita como “bouquete de hojas verdes y brotes, regados con emulsión balsámica y gotas de cítrico”.

Lo que ocurre en este muy buen sketch del programa de humor Vaya Semanita de la televisión vasca bien podría terminar sucediendo en la vida real dentro de no mucho.

Frase destacada: "¡Que se vayan a recibir confit de carne vaselinizada por vía ano-rectal!"




South Park. Episodio: "You have 0 friends"
Fue supuestamente Lord Byron quien dijo aquello de “Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. También podría decirse algo tipo “Mientras más gente anda enloquecida con Facebook, más me gusta la conversación directa en la barra del bar”.

En este capítulo se puede ver el sinsentido y la ridiculez de las conductas de muchos usuarios de Facebook y Chatroulette. Conceptos como la popularidad, la frivolidad de los comentarios y el exhibicionismo de los usuarios quedan retratados con muchísima ironía y sarcasmo.

Frase destacada: "According to your Facebook page, we aren't friends"



Frase destacada: "¡Dude, I don´t want to see a bunch of guys' penises!"

Para ver el episodio completo: http://www.southparkstudios.com/episodes/267112

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