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30 de septiembre de 2010

Roma, sí pero no (y viceversa)


Vista de la Piazza Navona, uno de los principales atractivos de Roma.

Por más ganas que le haya puesto, Roma sigue sin parecerme una ciudad fascinante, cautivadora. Ni siquiera estoy seguro de que me guste, en el sentido que pueden gustarte esas ciudades a las que uno sueña con volver, ciudades que uno admira bien por su urbanismo, sus edificios y sus parques o por sus gentes, su aire cosmopolita, su gastronomía o su historia.

Y si es por urbanismo, edificios, gastronomía, parques e historia, Roma tiene todas las papeletas para, de forma inmediata, provocar un flechazo en quienes la visiten. Pero a mí, ni por esas. Tal vez el error, si es que puede hablarse de error, radique en la idea de inmediatez, en esperar de Roma un amor a primera vista como, por ejemplo, es inevitable que te ocurra con París, Viena, Madrid o Río de Janeiro.

Hay ciudades que al igual que ciertos escritores demandan varias visitas, varias relecturas para poder pillarles el tranquillo y encontrarles el gusto. Mi tío Pildi, que de viajes sabe un rato, dice que Roma te empieza a gustar a partir de la tercera visita, cuando uno ya puede ir descubriendo cosas por su cuenta y ya se ha sacado de encima esos recorridos obligatorios que las grandes capitales exigen. Es decir, cuando uno puede moverse sin las urgencias del turista que lo quiere ver todo en poco tiempo.

A finales de agosto último hice mi segunda visita a Roma, dos años exactos después de haberla recorrido por primera vez. No creo que vaya a hacer una tercera visita. No está en mis planes al menos, pero ya sabemos que no debemos decir “de esta agua no he de beber”.

Si bien la ciudad no me disgusta (tampoco se trata de hacerse el diferente porque sí, en plan imbécil contracorriente) sigo sin poder quedar prendado de ella. Cuestión de piel. O para ser más preciso, de suciedad y de un llamativo abandono. Aunque esta vez la noté un poco mejor que la primera vez, con algunas aceras renovadas y fachadas de edificios restaurados, me sigue resultando chocante la dejadez, e incluso la decrepitud, que exuda la ciudad casi por todos sus rincones. La capital del país que más turistas recibe en todo el mundo, una urbe que cada año es visitada por 16 millones de personas, debe necesariamente ofrecer otra imagen.

Ciudades como Praga, Lisboa o Budapest también tienen una marcada impronta decadente, nostalgiosa de un esplendor pasado que, sin embargo, las dotan de un carácter especial y constituyen parte de su atractivo. La decadencia romana en cambio, al menos en mi opinión, es únicamente desfavorable. Aceras en mal estado, edificios cubiertos de hollín, fachadas descascaradas aunque en los bajos se ubiquen tiendas exclusivas de moda, calles llenas de basura, papeles y charcas de agua (lo de Campo dei Fiori a mediodía es un espectáculo lamentable que se repite cada día), componen actualmente cualquier estampa romana típica. No es precisamente lo que uno visualiza cuando piensa en una ciudad de gran belleza o atractivo.

Pero, con todo, Roma ofrece opciones que sirven para compensar esa mala impresión. En mi caso, lo cual no es nada raro, esas compensaciones vienen por el lado del estómago y del hígado, con el paladar como filtro principal. Gastronomía y bebida para apreciar una ciudad. Los museos y otros bienes culturales pueden esperar a futuras visitas.

Pizza, birra y pasta

El mejor recuerdo que me quedó de primera visita a Roma no fue la Fontana di Trevi ni el Coliseo sino Pizza e birra, un pequeño local de comida casera ubicado a pocos metros de Campo dei Fiori. En realidad así se llamaba antes. Ahora han cambiado de nombre pero el dueño sigue siendo el mismo.

Allí, en 2008, con mi hermano Bruno comimos las mejores pizzas que probamos en Roma y el último día, unos tortellini en salsa de tomate con crema de leche, calabacín y tomates cherry que estaban de muerte. Este año, con el Flaco, repetimos. Yo hice primeramente una visita por mi cuenta y repetí esos tortellini. Al día siguiente fuimos juntos y pedimos pizza y una lasagna que estuvo a punto de provocarnos lágrimas de emoción. Sublime. Una cosa de no creer. Todo acompañado de cerveza Peroni.

Ese es otro de los puntos a favor de esta ciudad, o de este país en general. La cerveza es bastante buena, aunque en España considero que la calidad es superior. Además, la diferencia principal es que en España casi en todas partes es posible tomar cerveza de barril, sin embargo en Roma no es demasiado normal que ofrezcan birra alla spina.

La cerveza Peroni y la Moretti son las mejores (la Nastro Azzurro es muy suavecita, casi para señoritas), especialmente la Peroni Gran Riserva. De etiquetado elegantísimo, su sabor es muy similar a la catalana Voll-Damm doble malta, aunque un poco más suave.


Peroni Gran Riserva, una opción ineludible a la hora
de catar cervezas italianas.


La Enoteca del Corso, un hermoso hallazgo

Relacionado a las cervezas está el que ha sido para mí el gran descubrimiento romano de esta ocasión. Una noche con el Flaco, luego de calzarnos a eso de las 2 de la mañana unas porciones de pizza al taglio en uno de esos garitos abiertos hasta altas horas y en el que, según las fotos colgadas de sus paredes, también suele abrevar Daniele De Rossi, futbolista de la Roma y de la selección nacional, dimos con el local soñado: la Enoteca del Corso (Corso Vittorio Emanuele, 295).

Como su nombre lo indica es una vinoteca. Se trata de un local bien arregladito, bastante apañado y bonito, nada que ver con lo que se puede esperar uno de un negocio que expende alcohol y que sigue abierto incluso cuando los bares cierran.

Nomás entrar, a mano izquierda, hay una pequeña barra y unos poco taburetes de diseño moderno. Detrás de la barra se encuentra el dueño del negocio. De aspecto serio y formal, y ese día llevando un polo elegante, el hombre tenía un poco el aspecto de esas personas que se toman muy en serio lo que hacen, con un evidente punto de solemnidad. Como si en realidad fuera un monje o un alquimista.

En el local la cosa funcionaba más o menos de la siguiente forma: uno se acercaba a las neveras llenas de una importante variedad de cervezas locales y de importación, escogía las que quería y las llevaba a la barra. Allí, nuestro hombre procedía a servirlas en vasos. Pero no lo hacía de cualquier manera, sino con la atención y los modales más exquisitos.

Nada de volcar la cerveza de manera alocada y rápida. No. Nuestro hombre, casi con un punto de amaneramiento, servía la cerveza con suavidad, cuidando que no levantara excesiva espuma, inclinando el vaso y la botella con delicadeza. La mirada siempre fija y atenta a lo que ocurría entre sus manos, nada de distracciones, ni siquiera una conversación. La charleta la daba antes o después pero nunca durante el proceso de servir la cerveza.

Como muestra de su celo profesional y del amor que innegablemente este hombre siente por la cerveza, dos situaciones que lo retratan fielmente. Un chico entró a comprar varias botellas de cervezas y decidió servirse por su cuenta una de ellas en un vaso, para acelerar el trámite. Cuando terminó, se dejó un poco de líquido en la botella, menos de un centímetro. El dueño de la Enoteca le hizo ver que estaba desperdiciando bebida y lo conminó a que volcara todo el contenido.

Luego, otro chico acercó otra botella y al sentir su temperatura y comprobar que no estaba lo suficientemente fría, el barman le indicó que mejor buscara otra “porque esta botella está caliente”. Ahí sentí algo parecido a una epifanía.

A menos que se sea ecuatoriano, a quienes disfrutamos de la cerveza nos disgusta enormemente cuando nos la dan caliente. Y no son pocos los bares, restaurantes y kioskos en los que no cuidan la temperatura de las bebidas y te las dan de cualquier manera. Lo que les importa, en última instancia, es vender. Y al cliente que le den.

Pero nuestro héroe de la Enoteca del Corso nos salió intransigente en esas cuestiones. Se preocupa más él que los propios clientes por la calidad y las condiciones de la cerveza. Así da gusto. Si eso no es amor, no sé que es. De mayor, quiero ser como este hombre. Ya que no pude ser futbolista ni estrella de rock, creo que no estaría mal abrir una sucursal de la Enoteca del Corso.

¿El mejor café del mundo?

Por último, y aquí sí debo darle la razón en asuntos romanos a Enric González, hay que mencionar la cafetería Sant’Eustachio Il Caffè (http://www.santeustachioilcaffe.it/).

Cuenta Enric en su libro “Historias de Roma” que el café que se prepara en este lugar está considerado por muchos especialistas como “el mejor café del mundo”. Yo no soy una autoridad en la materia así que no dispongo de elementos para suscribir o rechazar semejante afirmación, pero lo único que puedo decir es que el café que preparan en ese lugar está buenísimo, lo mismo que la bollería que sirven.


El Cafe Sant’Eustachio donde, dicen, preparan el mejor café del mundo.

Como señala Enric en el libro, en el local tuestan cada día sus propios granos de café y las enormes máquinas de café espresso, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las cafeterías, están dispuestas de espaldas al público, de manera que los clientes no puedan ver la elaboración y no logren desentrañar el secreto. Vamos, algo así como lo de la fórmula de la Coca-Cola pero aplicado al café.

El cappuccino es sencillamente espectacular, ideal para iniciar la mañana. Y el gran caffé, que Enric define como “un sensacionalmente cremoso café doble”, resultó ser eso, sensacionalmente cremoso y sin ese punto de acidez que el café espresso suele tener. Lógico que se guarden el secreto de su preparación: de vivir en Roma lo más natural es que visitar el Sant’Eustachio se vuelva no sólo un hábito sino que se convierta en un vicio, y de los buenos.

Así sale el cappuccino en Sant’Eustachio. "Sensacionalmente cremoso".


No hay dos sin tres, reza el dicho. En 2008 eché una moneda a la Fontana di Trevi, lo cual según la tradición asegura el regreso a la ciudad. En 2010 se cumplió y volví, y nuevamente lancé una moneda, otra vez contra mi voluntad. Si la tradición sigue infalible, me tocará volver. Y seguro que, como mínimo, visitaré la modesta casa de comidas de Campo dei Fiori, me pasaré por el Sant’Eustachio y, desde luego, visitaré a mi héroe de la Enoteca del Corso.

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5 de julio de 2010

Argentina y las lecciones de Sudáfrica

Estaba claro que en este blog iba a terminar escribiendo de la participación de la selección Argentina en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica. Aunque soñaba con hacerlo el 12 de julio, un día después de la final. Pero al igual que cuatro años atrás, llegaron los alemanes para decirnos que los cuartos de final eran la estación final del recorrido de un tren que, aunque destartalado, avanzaba e ilusionaba.

La victoria de Alemania ha sido inobjetable. Y es que cuando te meten cuatro goles en cuartos de final, poco se puede decir al respecto. De todas formas, no creo que deba hablarse de humillación. Argentina perdió pero yendo al frente, buscando la victoria primero y al menos el gol del honor al final. En ningún momento bajó los brazos ni reculó.

En este sentido, prefiero perder de esta manera y no como lo hizo Brasil, que se paralizó luego de los goles holandeses y su única reacción fue patear a los rivales y protestar al árbitro. Una manera, por cierto, muy característica de los equipos argentinos que sin embargo la selección de Maradona consiguió evitar.

La participación argentina en este mundial ha dejado conclusiones y evidencias de todo tipo, la mayoría relacionadas con cosas mal hechas. De todas maneras, me quito el sombrero ante buena parte de lo hecho por Maradona. Hasta hace un mes y medio, para mí era impensable decir o escribir algo en favor del Maradona DT. El juego que el seleccionado había mostrado a lo largo de las eliminatorias desde que Diego asumiera el cargo, había sido nefasto, casi inexistente. Lo único que tenía en claro era la propuesta ultradefensiva con la que salía a disputar los encuentros.

Sin embargo, una vez en suelo sudafricano, Maradona dijo que, viendo los delanteros que tenía, apostaría por salir a atacar. Hasta ahí, el mismo verso de siempre. Todos los que llegan al cargo de seleccionador nacional repiten el mismo mantra: “Vamos a salir a atacar en todas las canchas sin que importe el rival”.

Todos lo dicen y nadie o muy pocos lo hacen. En los últimos 30 años, sólo Marcelo Bielsa se había mostrado coherente y fiel a esa declaración. Hasta que irrumpió la versión sudafricana de Maradona.


El dolor de la derrota. Maradona, cuando la goleada alemana ya
era una realidad. Diego apostó por el juego de ataque, pero no alcanzó.


En la rueda de prensa luego de la dura derrota contra los alemanes, Maradona dijo cosas como ésta: “Me di cuenta de que adentro, como técnico y como jugador, el fútbol que gusta a la gente es éste, ir adelante, tocar, jugar. No se cumplió el sueño pero se encontró un camino, el de respetar al fútbol argentino, de tocar la pelota, de volver a las raíces. Me puedo ir mañana, pero me gustaría que estos chicos siguieran demostrando lo que son y haciendo ver el verdadero fútbol argentino, sin misterios, sin peleas”.

El Pelusa, extraño en él (y últimamente, casi en cualquier ser humano) fue capaz de rectificar, de darse cuenta de que el fútbol defensivo y amarrete por el que había apostado en las eliminatorias no era el camino a seguir. Y sobre la marcha dio un giro copernicano y apostó por una manera totalmente diferente de jugar: El arco rival como prioridad, como objetivo mayor. Y eso, en los tiempos que corren, en los que se celebran y veneran técnicos que sólo piensan en no dejar jugar al rival (Capellos, Bianchis, Mourinhos y similares) es digno de aplaudir. Maradona ha sido consecuente hasta en la derrota.

¿Significa esto que las cosas no se han hecho tan mal y que Maradona debe seguir en su cargo? Sinceramente, creo que no debe continuar. Se debe buscar otro perfil de técnico pero partiendo de los aspectos positivos que dejó la gestión de Maradona y eliminando los negativos. Se necesita un entrenador que apueste por seguir el camino del fútbol alegre y ofensivo y, sobre todo, que entienda que la mejor manera de jugar al fútbol es hacerlo de forma colectiva. Un verdadero equipo no debe entenderse como un rejunte de individualidades de las que esperar genialidades y milagros en cada partido, como ha ocurrido ahora.

Debe seguir el espíritu de Diego (el amor y la entrega por la camiseta, el anteponer la idea de espectáculo y de juego alegre antes que el mero resultadismo) pero no la persona.

Habitualmente, no suelo coincidir demasiado con los análisis del periodista argentino Juan Pablo Varsky, pero creo que su artículo Ya no podemos hablar de mala suerte incluye reflexiones muy válidas y que deben ser tenidas en cuenta.

Bajo la dirección de Maradona al frente del seleccionado ha habido demasiada improvisación, mala elección de jugadores (pongan todos los nombres que sobran y todos los que faltan) así como errores y descompensaciones descomunales: la táctica ha hecho agua por todas partes y hay jugadores que han demostrado un desquiciante desconocimiento conceptual tanto a nivel colectivo como de la posición que ocupan en la cancha.

Defensores que no saben siquiera el abecé de lo que debe hacer un defensa (Demichelis y Otamendi no están para el fútbol de élite), mediocampistas sobrevalorados y cuyas supuestas cualidades nunca se han demostrado (Verón y Di María) y otros, como Tévez, que siguen perdiéndose en declaraciones demagógicas y en actuaciones más parecidas a las de un maratonista que a las de un futbolista de calidad.

La experiencia sudafricana debe entenderse como un fin de ciclo en cuanto a las personas que han estado al frente pero como un punto y seguido en cuanto a la filosofía de juego. Necesitamos gente como Guardiola, como Pellegrini, como Rijkaard, incluso como Ángel Cappa. Y si no los tenemos en casa, pues habría que buscarlos afuera. Pero no miremos atrás, no volvamos a los supuestos nombres mágicos del fútbol vernáculo (Bianchi, Basile, Ramón Díaz, el Bambino Veira, el Tolo Gallego...). Para su renovación, Alemania se fijó en el juego de España. Nosotros bien podríamos mirarnos en estos espejos y trabajar en esa dirección.

PD1: por cierto, y aunque es demasiado aventurado hablar de favoritos, creo que España le va a ganar a Alemania. No sólo lo espero sino que creo que será así. España ni es tan cándida ni está tan descompensada como lo estuvieron ingleses y argentinos en sus enfrentamientos contra los teutones. Los dirigidos por Löw no saldrán a defenderse, y ese escenario favorece a los de Del Bosque. A España se le atragantan los equipos que se le meten excesivamente atrás (Suiza, Paraguay, Honduras) pero se crece cuando enfrente tiene un rival ambicioso. Y Alemania lo es, vaya que si lo es. Seguramente será un gran partido, con constantes idas y vueltas entre dos conjuntos que tratan bien el balón y que no saben -ni quieren- especular.

PD2: no puedo cerrar esta entrada sin poner el enlace al artículo Casale resucita de Enric González sobre la actuación argentina en el mundial, y sin citar este párrafo de ese texto:
"Debería ser el momento de preguntarse por qué Argentina funciona a la argentina, es decir, por qué no funciona, pero eso es inútil: no se va a resolver precisamente ahora uno de los grandes misterios del siglo XX".

PD3: ¿Alguien sabe cómo asesinar a cierto pulpo con dotes adivinatorias? ¡El bicho ese viene adivinando todo!

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24 de diciembre de 2009

Dry Martini, recio y sofisticado



Bala de plata. Apenas hay que ensuciar el hielo con vermouth; el resto, todo ginebra. Y frío, muy frío es como debe servirse el Dry Martini.



Clásico. Como ocurre con la pinta de Guinness, cuando se toma un Dry Martini en la copa correspondiente, uno se está bebiendo un icono. En casa sabe bien, pero en un bar a medialuz y sobre una barra de madera oscura, mucho mejor.


Como es una bebida que vale la pena (¡y tanto!) y porque además creo que el texto es bastante ameno, aprovecho para tirar de archivo y subir un artículo sobre el Dry Martini que publicamos el año pasado en Miralls, la revista que editamos con un grupo de amigos en Valencia (hace un año que salió el último número, y ahora estamos tratando de relanzarla en versión digital. Ya los acosaré cuando la tengamos en Internet).

Debajo va el texto en cuestión que escribimos entre mi amigo Alejandro Carbó y yo (sí, los sacrificados integrantes de El equipo de investigación), texto que, además de hablar sobre el cocktail más clásico entre los clásicos, incluye una serie de sitios en Valencia donde se puede tomar esta bebida.

También añado al final un link a un artículo de Enric González (imprescindible) así como un link a un video muy cortito donde se muestra cómo preparar un Dry Martini. A diferencia de lo que se suele decir, "¡inténtenlo en sus casas!".



AQUÍ SE BEBE
Dry Martini, algo más que una bebida

Texto: El Equipo de Investigación.


Una de las ventajas de contar en una publicación con editores de criterio amplio es que los redactores pueden proponer toda clase de temas sabiendo que, muy probablemente, les darán el visto bueno para escribir sobre ellos. Lo mismo ocurre cuando la edición está en manos de librepensadores, gente un poco pasada de rosca o incompetentes de remate. Pero aquí no nos pronunciaremos acerca de a qué categoría pertenecen los editores de esta revista. Tampoco es cuestión de caer en el elogio desmedido ni de ir por ahí con el dedo acusador: a veces, evitar estas opciones demuestra sino sabiduría sí al menos sentido de la oportunidad y buen tino.

En todo caso e independientemente de cual sea la calaña de los editores de Miralls, lo cierto es que han dado vía libre a esta sección en la que se hablará alternativamente de comidas y bebidas. Pero antes de entrar en materia conviene hacer una pequeña salvedad: esta sección fue propuesta, aprobada y concebida durante el verano, agujero espacio temporal que, como es sabido, se caracteriza principalmente por la abundancia de informaciones absurdas en los medios de comunicación, programaciones televisivas más infames de lo habitual y la práctica de aficiones de riesgo como la visita de aeropuertos, la infidelidad y el divorcio.

Los meses estivales constituyen también un período propicio para el consumo de bebidas alcohólicas, y como esta sección se ha hecho claramente con mimbres veraniegos, en su estreno hablaremos de un clásico: el Dry Martini.


Desayuno con Dry Martini


El perfecto Dry Martini se debería beber acompañado de Audrey Hepburn a la entrada de la joyería Tiffany’s de Nueva York. Pero eso no siempre es posible. Por eso, también nos sirve un amigo bajito, calvo y con gafas. Y es que el Dry Martini obra milagros, es todo un experto en disfrazar y mejorar la realidad. Por eso, es el cocktail más consumido en el mundo. Se suele decir, aunque tal vez la proporción haya cambiado un poco, que dos de cada tres de todos los combinados que se preparan son Dry Martini.

El Dry Martini perfecto es transparente como el cristal y frío como el hielo. Es un trago corto y peligroso. Combina bien con la anécdota rápida y el chiste fugaz. Por el contrario, no combina nada bien con grandes discursos ni con parrafadas extensas. Un Dry Martini en manos de un orador pesado o de un fantasma con ganas de rememorar los mejores momentos laborales de la semana puede convertirse en un arma muy peligrosa. Es más, debería estar considerado por la ley como un arma de fuego, o arma blanca al menos. No en balde, el Dry Martini también es conocido como la “bala de plata”.

Pese al aura de sofisticación que rodea al cocktail, el Dry Martini tiene la rotundidad propia de las cosas simples bien hechas. La sencillez de su fórmula es más que elocuente: ginebra y vermut seco, con oliva o cáscara de limón. Lo accesorio y la parafernalia sobran; en el peor de los casos, quedan reservados para el barman.

Otro asunto crucial son las proporciones de la mezcla. El ya mítico columnista de El País, Enric González - que define a éste cóctel como “un artefacto fugaz y esencial”- sostiene que “las proporciones constituyen un asunto personal, sobre el que se puede opinar, pero no discutir”. Pues un correcto bebedor de este cocktail “respeta los cánones, pero soporta mal los tópicos”. Según el gran Enric, “el Dry Martini requiere criterio. El criterio requiere opinión. La opinión requiere reflexión. Y la reflexión requiere escepticismo.” Ahí queda eso, no seremos nosotros quienes le discutamos.

Si el Barça es más que un club, el Dry Martini es algo más que una bebida. Un trago corto, fuerte y seco, creado para ser degustado con paciencia. El perfecto Dry Martini es algo casi poético. Una copa rápida para ser consumida con lentitud, una bebida madura y poderosa que requiere cierto control porque, como se suele decir “un solo Dry Martini ya pueden resultar demasiados”.

Quien lo bebe está consumiendo un concepto y una tradición. El Dry Martini ha sido escogido durante todo el siglo XX como bebida favorita por expertos borrachos como, Winston Churchill, Humphrey Bogart, John D. Rockefeller, Frank Sinatra, Ernest Hemingway o Luis Buñuel. Hasta el supuestamente íntegro James Bond siempre sucumbe a sus encantos y lo pide con un chulesco "agitado, no removido”.

Con un Dry Martini más que emborracharte con estilo, te estás emborrachando de estilo.

Por ello, la película “Desayuno con diamantes” con las breves, alocadas y chispeantes frases que Truman Capote coloca en los elegantes labios de Audrey Hepburn, es la que mejor ha sabido capturar el venenoso encanto de este cocktail esencial. Una magia que ni siquiera ha sucumbido por la abusiva sobreexplotación realizada en infinidad de cuadros y carteles del Pop Art, unos reiterativos y previsibles carteles que reproducen una y otra vez a la pobre Audrey Hepburn sosteniendo una copa de Dry Martini en la mano. Imágenes que atiborran desde hace años cualquier tienda de decoración del mundo, alimentando de esta forma los sueños de glamour de imposibles Audreys que trabajan en sucursales bancarias.


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¿Dónde ir?

Una vez elegido el tema de este artículo, surgió de inmediato la pregunta "¿Dónde tomar Dry Martini en Valencia?". Espoleado por el compromiso con los lectores y por la función social que todo medio de comunicación debe aspirar a cumplir, el Equipo de investigación de Miralls se metió en faena para acercar algunas respuestas, cosa bastante difícil tratándose de una ciudad con poca o nula tradición en la coctelería. No es por ofender, pero llama la atención que en reputadísimos restaurantes y pubs de la Valencia de la Formula 1 y de la Copa del América, cuando pides un Dry Martini te pregunten con toda la naturalidad del mundo que si Martini blanco o rojo. ¡Qué pensarán de nosotros Flavio Briatore y Bernie Ecclestone!


Café Dublín
C/ Sueca, 51 (Ruzafa)

No es la mejor opción de la ciudad pero tampoco está del todo mal. A favor: es un local que ofrece una lista variada de cócteles, ideal para paladares e hígados inquietos. Cuenta con un potente aire acondicionado, cuestión para nada baladí en una ciudad en la que por mucho que nos empeñemos en creernos Mónaco reina un clima subtropical. Su versión del Dry Martini viene con rizo de cáscara de limón y deja un marcado, aunque no exagerado, regusto a ginebra. En contra: lo sirven poco frío, lo que indudablemente le resta enteros a la calificación final. Lo mismo ocurre con su versión del Manhattan.


El gastrónomo
Av. Primado Reig 149

Este restaurante donde se prepara el mejor steak tartare de Valencia, cuenta además con un excelente Dry Martini como complemento de lujo. La sobriedad y el clasicismo del personal de sala le confieren un aire ritual a la preparación del Dry Martini que le sienta de maravilla. Los chicos del Gastrónomo parecen haber interiorizado la elegante esencia del cocktail, y saben que los aspavientos y exhibiciones están completamente fuera de lugar. Un Dry Martini debe prepararse y servirse de la manera más perfecta, educada y amable posible. Solo así, se crea el clima que permite disfrutar de esta bebida con todos los sentidos.


Christopher Lee
c/ Pinzón, 17 (Ciutat Vella)

Una de los pocos pubs especializados en cocktails de Valencia. Un lugar donde se toman muy en serio esto del Dry Martini. Lo saben preparar de diversas formas, y todas están buenas. La atmósfera del local, fundado en 1971 y situado en el corazón del barrio del Carmen, te permite hacer un viaje en el tiempo que te traslada hasta la época de la “movida” valenciana y una supuesta vida bohemia de finales de los años 70. Los camareros tienen la buena -y cada vez más extraña- costumbre de escuchar los gustos del cliente para preparar la bebida a su gusto.


La casa del Martini
c/ Bélgica 28 (zona Mestalla)

Si el Christopher Lee te traslada hasta el corazón de los ambientillos artísticos de finales de los ‘70, la Casa del Martini encarna a la perfección el gusto por la decoración “fashion y cool” de los ‘00. Pese a que más de uno este tipo de ambientes Bohemian & Bourgeois nos parece un rollo patatero, hay que reconocer que el local es muy cómodo y se está realmente a gusto. Y lo que es más importante: Pilar y su equipo saben preparar un buen Dry Martini, servido siempre con una sonrisa en los labios. Así que como dijo Harry Craddock, el mítico barman del hotel Savoy de Londres, "bébelo mientras todavía te sonría".

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Enlaces:

Cuestión de principios (Enric González)
Aprende a hacer un Dry Martini (video)

29 de noviembre de 2009

The Damned United. Cuando el fútbol era cosa de hombres







1) Afiche de la película The Damned United, que
narra parte de la vida del DT inglés Brian Clough.


2) A la izquierda, el Brian Clough real. Al lado, el Clough que aparece
en la película, interpretado por Michael Sheen (el mismo de
Nixon/Frost).

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"Si Dios hubiera querido que el fútbol se jugara en
las nubes, no habría puesto hierba en el suelo"
(
Brian Clough, director técnico inglés).

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En algún momento y en alguna parte de este intento de blog escribí que sus contenidos estarían referidos mayormente a asuntos fobalísticos, aunque no sería ésta la única temática que se abordaría. Tímidamente, insinué que también habría lugar para otras cosas, como cine, libros, música, otros deportes, y lo que fuera surgiendo. Finalmente, hoy me he decidido a escribir de cine. Pero como la cabra tira al monte, la película en cuestión trata, como no, de fútbol.

Dicho esto, haré algunos apuntes sobre The Damned United, película que narra buena parte de la vida deportiva del legendario director técnico inglés Brian Clough y que pasó sin pena ni gloria hace unos meses por los cines españoles (cuando la fui a ver, era el único en la inmensa sala). La cinta, dirigida por Tom Hooper, se centra en los humildes inicios de Clough, un ex delantero reconvertido en DT que inicia su carrera en los banquillos dirigiendo al Derby County, por entonces un más que modesto equipo de la segunda división inglesa.

A diferencia de lo que suele ocurrir con las películas “de fútbol”, que la más de las veces fallan estrepitosamente a la hora de retratar el espíritu del juego, de lo que hacen y viven sus protagonistas, The Damned United tiene sus principales logros justamente en la verosimilitud que transmite en estos puntos.

Ambientada en los años 60 y 70, refleja la ambición desmedida de Clough por ser alguien en el fútbol (es fundamental la relación de amor-odio que establece Clough con el también legendario técnico Don Revie, auténtica leyenda por entonces entre los preparadores británicos) así como unas maneras de ser, entender y vivir este deporte que tal vez se hayan perdido para siempre. Al menos en lo que al fútbol profesional se refiere.

El fútbol y los futbolistas que muestra la película son de cuando el balompié todavía era una cosa de hombres. Una época en que un futbolista era igual de fiero, rudo e iletrado que un estibador del puerto; días en los que los jugadores acumulaban en la piel cicatrices y magulladuras varias (auténticas marcas de guerra) y no artísticos tatuajes de vírgenes e ideogramas chinos y árabes como ocurre en la actualidad.

A diferencia de lo que sucede hoy día, en aquel entonces los futbolistas no ocupaban su tiempo en depilarse cejas y piernas, y mucho menos en teñirse el pelo y echarse perfume para salir al campo de juego. En aquellos años para que uno se quejara al árbitro antes tenían prácticamente que haberle arrancado la mandíbula. En cambio hoy si a un futbolista le quitan la vincha o lo despeinan, el damnificado rápidamente sale corriendo detrás del árbitro chillando como si hubieran intentado violarle.
Aquel era un tiempo en que la delación dentro del campo todavía era algo censurable y no un mérito.

Viendo The Damned United uno no puede evitar sentir nostalgia. Y, en mi caso al menos, no puedo evitar sentir cierta impotencia: ¡cómo me hubiera gustado ver a Cristiano Ronaldo y a Gago sufrir el rigor de los marcadores de entonces! ¡Hubieran renunciado al segundo partido para dedicarse a jugar a las muñecas el resto de sus vidas!

Aunque no es una joya, la película vale la pena. Muestra la ambición de Clough, su dedicación por entero al fútbol, su obsesión total. Un tipo que pensaba, hablaba y transpiraba fútbol a todas horas (y que bebía como un cosaco, todo hay que decirlo). Pero además era una rara avis para su tiempo y entorno: sus obsesiones eran el fútbol de ataque y el buen juego; el fútbol jugado con buen gusto y con el balón a ras del piso. No por casualidad una de sus frases más celebres es la siguiente: "Si Dios hubiera querido que el fútbol se jugara en las nubes, no habría puesto hierba en el suelo".

En eso, podemos decir que era de la misma familia del Loco Bielsa y Pep Guardiola, dos de las figuras más admiradas en esta humilde casa.

The Damned United muestra el fulgurante ascenso de Clough y su igualmente poderosa (aunque por suerte no definitiva) caída. Impagable ese momento en que dirigiendo al Derby County en segunda división, le toca recibir de local al todopoderoso Leeds United (el Manchester United de la época) en partido correspondiente a la F.A. Cup (similar a la Copa del Rey española). Clough, hasta ese momento ferviente admirador del DT del Leeds, Don Revie, y consciente de que todo el país centraría al menos por una vez los ojos en el modestísimo Derby County, se encarga él mismo de dirigir las obras de mejora en la cancha y en las instalaciones del club para recibir al poderoso equipo rival.

En la película, en lo que no sé si es una reproducción tal cual de lo que ocurrió en la vida real o una simple licencia del guionista, Clough aparece el día del partido colocando en el vestuario visitante, en el lugar correspondiente a cada jugador, una toalla recién lavada, una naranja y un cenicero: entonces se suponía que todos los futbolistas fumaban y eso no constituía problema alguno. El zeitgeist de aquellos días era muy diferente al actual.

Aunque en términos reales no ha pasado tanto tiempo, los años de Clough en el Derby County constituyen la prehistoria si lo comparamos con el hiperprofesionalizado fútbol actual en el que los futbolistas son atletas millonarios que se asemejan más a las estrellas del cine y el pop que a los duros marineros, como ocurría antaño.

Al infinito y más allá

Bajo las órdenes de Brian Clough, el Derby County consiguió subir a primera división y el mismo año de su ascenso logró el campeonato derrotando al poderoso Leeds United. Brian Clough alcanzó la gloria y fue elegido seguidamente por el mismísimo Leeds para reemplazar a Don Revie cuando este fue nombrado seleccionador de Inglaterra. Lo de Clough en el Leeds fue desastroso: duró apenas 44 días. Los futbolistas le hicieron una cama en toda regla y Clough fue despedido. Volvió al fútbol de ascenso y empezó nuevamente de cero.

Todo esto se muestra en la película. Pero de manera inexplicable, el film no se explaya en la posterior y todavía más gloriosa trayectoria de Clough: dirigiendo al Nottingham Forest consiguió ascenderlo a primera división y lograr nada menos que un campeonato de la Liga inglesa y dos Copas de Europa (hoy conocida como Champions League). Hasta la fecha, el Forest sigue siendo el único equipo que tiene más Copas de Europa ganadas que ligas locales.

En la película tampoco se cuenta que Clough, además de ser alcohólico, amante del fútbol espectáculo y un punto excéntrico, era también un comprometido hombre de izquierdas. Secundó varias huelgas no solo de palabra, sino que participó en persona en varias manifestaciones contra el gobierno de Margaret Tatcher por los despidos masivos que se realizaron en numerosas fábricas durante el mandato de la Dama de Hierro. Clough llegó incluso a donar parte de su sueldo para beneficio de los trabajadores en paro.

No sabemos si el director Tom Hooper no contó todo esto porque no lo encontró lo suficientemente relevante o porque decidió guardarse esa parte de la historia para una segunda película. Pero lo cierto es que en Hollywood no hubieran desperdiciado semejante material para filmar una de esas biopic que tanto gustan en la industria cinematográfica estadounidense.

Para saber más acerca de Mister Brian Clough y disfrutar leyendo, aquí tienen un texto al respecto firmado por el gran Enric González, otra de las debilidades de la casa.

Y por una vez, siempre y cuando no la consigan en su video club, voy a alentar la piratería: bájense la película, seguro que la van a disfrutar.


Ficha de la película:
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The Damned United

Año: 2009.
Duración: 97 min.
Director: Tom Hooper.
Guión: Peter Morgan (Novela: David Peace).
Música: Robert Lane.
Fotografía: Ben Smithard.
Reparto: Michael Sheen, Jim Broadbent, Timothy Spall, Joseph Dempsie, Stephen Graham, Colm Meaney, Maurice Roëves, John Savage, Keiran Waite.
Productora: BBC Films / Left Bank Pictures / Screen Yorkshire.